Reforma curricular: nuevo enfoque, viejos debates

Extensión, fragmentación e inadecuación. Tres problemas que definen el currículum español, y que describe, en un excelente ejercicio de claridad y precisión, Guadalupe Jover, la profesora de secundaria que presentó junto a la Ministra y César Coll, la nueva reforma curricular hace apenas unas semanas.

El currículum, y su identificación constante como uno de los problemas estructurales del sistema educativo, ha sido un diagnóstico compartido por una amplia mayoría en los últimos años. Lo era al menos hasta que se hizo público el proceso de reforma curricular que ha iniciado el Ministerio de Educación y Formación Profesional. Entonces, como ocurre muchas veces en este país, lo que era problema compartido, ha pasado a ser objeto de crítica, no todas desde la misma posición y argumento, pero sí desde la reactivación de viejos debates, y alimentadas mutuamente por la fortaleza que da tener un enemigo común.

El primer grupo de críticas se articula en torno a la supuesta “bajada de nivel” que implica este nuevo enfoque curricular. El segundo grupo, más certero en el foco, está vinculado con la no participación del profesorado. Ambos critican el proceso de reforma, sin embargo, mientras que este último puede servir para mejorar los procesos a medio-largo plazo -procesos de participación de la comunidad educativa-, el primero sume de nuevo al debate educativo en un bucle del que parece imposible escapar.

El argumentario de la mediocridad se fundamenta en que este enfoque supone una reducción de los contenidos y una condena de la memoria, devaluando el nivel educativo del alumnado. Combatir este foco de crítica es profundamente estéril: no es comprensible la utilidad de una discusión que se articula sobre concepciones erróneas de lo que supone un currículum competencial. El currículum por competencias no cuestiona la necesidad de los contenidos y el conocimiento, ni desecha el uso de la memoria. La educación española vuelve a instalarse en el debate sobre contenidos vs. competencias, un debate que, como la mayoría de las discusiones educativas públicas, convierte en dicotómico y excluyente opciones que no solo no suelen ser opuestas, sino que incluso son complementarias y necesarias. No se trata de desechar elementos, sino de establecer nuevas y diferentes relaciones entre ellos.

Como describe maravillosamente Héctor Ruiz en uno de sus hilos de Twitter, la investigación deja claro que, “para que los estudiantes desarrollen unos conocimientos más profundos, conectados, vinculados a múltiples contextos, es indispensable ofrecerles más tiempo y más oportunidades”. Esto no implica desechar los contenidos, sino decidir entre su profundidad o su amplitud. La evidencia científica constata que son precisamente los conocimientos más profundos los que perduran en el tiempo, generan un aprendizaje significativo, y posibilitan la transferencia a otras situaciones.

No se rechazan los contenidos, sino que se reducen para poder ahondar en ellos; y no se desecha la memoria, sino que se usa de manera contextualizada y, especialmente, abandona el rol cómo único o principal medio de adquisición de aprendizajes. En definitiva, se trata de dotar al conocimiento de profundidad, interrelación, contextualización, tiempo y oportunidades. Y eso es lo que ofrece un currículum competencial.

El segundo bloque de críticas está centrado, una vez más, en la escasa implicación del profesorado en este proceso de reforma. Dicha implicación tiene dos vertientes: la participación en el diseño y desarrollo del propio proceso; y la comprensión y la comunicación del mismo. La participación del profesorado en la reforma curricular va más allá de incorporar la creciente tendencia de implicar a la ciudadanía en la definición de políticas públicas. Los docentes son los que “conviven” diariamente con el currículum, y la apropiación por su parte es clave en cualquier reforma del mismo, porque el currículum encuentra su sentido y significado cuando llega al aula y es interpretado y aplicado por cada docente. No hablamos solo de participación en términos de consulta, sino de articular un proceso de construcción colectiva, que integre su conocimiento práctico en todas y cada una de las etapas de diseño, desarrollo e implementación de la reforma. No contar con ellos es condenar el proceso desde su origen, y genera muy pocas expectativas respecto al éxito del mismo.

Otra cuestión es cómo se formula y comunica la nueva propuesta. En definitiva, si se entiende. Cualquier reforma curricular implica la llegada de nuevos términos, vocabulario, procesos o elementos pedagógicos que obligan al profesorado a “resetear” su planificación y práctica docente. Nuevas estructuras para la elaboración de programaciones, nuevas palabras para renombrar viejos conceptos, que suele colocar de nuevo a la pedagogía y los pedagogos en el centro de las críticas, incluso cuando ni siquiera están en escena.

Y en esta dinámica en la que los pedagogos son el muñeco de vudú permanente del sistema educativo, es necesario entender que, paradójicamente, la pedagogía no siempre es pedagógica cuando se comunica con el mundo, ni siquiera con el cercano: el lenguaje, el relato, las palabras, … Jugamos a elevar el discurso, pensando que así ganamos legitimidad, pero se produce el efecto contrario. Cometemos el mismo error que el sistema educativo: confundir aumentar el nivel educativo con aumentar la cantidad y complejidad de los contenidos.  Lo que no se entiende, es difícil de aceptar; lo que no se comprende no genera apropiación. Será solo acercando en fondo y forma el currículum al profesorado, y las voces de los docentes a la reforma curricular, como se podrá lograr que esta sea didáctica y accesible.

La reforma anunciada abre, a pesar de las críticas, un nuevo escenario educativo, ya conocido y cotidiano para algunos centros y profesores, pero nuevo y lleno de posibilidades para otros muchos, incluso para aquellos que la desprecian en nombre de una manida y mal entendida calidad y excelencia educativa. Pero en ese proceso, es tan importante el qué -el nuevo currículum-, como el cómo -el proceso de reforma-, y en ambos, recogiendo las palabras de Guadalupe, debemos apostar por un currículum y un proceso abarcable, conectado y relevante. No cometamos el error de no escuchar una vez más.

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