La pandemia y la e-exclusión de los/as jóvenes ¿importan las competencias digitales?

El proceso pandémico que estamos viviendo ha puesto una vez más en evidencia el papel que las tecnologías digitales juegan en la vida cotidiana. El lado más amable ha posibilitado el acercamiento y el encuentro, el lado oscuro, sobreexposición y la entrega de datos al mundo empresarial, con no se sabe qué consecuencias a mediano y largo plazo, además de las diferencias de accesos y niveles de uso.  Muchos debates han puesto el dedo en la llaga de la competencia digital, sobre todo, de su carencia y, a pesar de que llevamos muchos años trabajando en ello, de la necesidad de tomarse en serio la digitalización de la enseñanza y sus consecuencias.

Niños, jóvenes y adultos deben lidiar a diario con todo tipo de información digital, decodificar diferentes lenguajes y mensajes en el mediático entorno en el que se mueven. Pero ¿tienen todos las herramientas, habilidades, saberes, competencias adecuadas para hacerles frente?

La descarnada realidad que ha revelado la pandemia ha permitido tomar conciencia de los excluidos, de aquellos que, por su condición económica, social y cultural, no tienen acceso a los bienes materiales y culturales/educativos de tal forma que son carne de manipulación y desinformación.

La investigación¹ desarrollada durante 2016-2019 ya anunciaba que la competencia digital de niños y niñas de 11-13 años, está influida por el capital cultural y social de las familias. Esto contradice las habituales generalizaciones sobre las habilidades digitales de jóvenes que, en mayor medida, tienden a ignorar las condiciones sociales, económicas, políticas y técnicas de las que parten. Hemos visto que las familias que ocupan posiciones más aventajadas en el espacio social tienen más maestría tecnológica y, por lo tanto, más capacidad de orientar en los procesos de apropiación de la tecnología. Mientras las que están en posiciones inferiores, se ven limitadas. En la escuela se busca información, pero no se aprende a buscarla de forma más eficiente, seleccionarla, analizarla de forma crítica, etc. Lo que aprenden fuera de la escuela (con videojuegos o con sus relaciones en las redes sociales) no se usa en el ámbito académico.

Esto evidencia que la escuela vive, frecuentemente, de espaldas a lo que los estudiantes hacen fuera de ella y tampoco conoce en qué condiciones desarrollan las prácticas con tecnología. De esta manera, no estaría ayudando a compensar las desigualdades con las que se enfrentan los estudiantes a las tecnologías (Gewerc y Martínez-Piñeiro, 2019).  Una cuestión que se reveló de forma cruda durante el confinamiento.

En el marco de la mencionada investigación, se diseñó un instrumento de evaluación de la competencia digital (ECODIES) que fue aplicado en las comunidades de Castilla y León, Madrid y Galicia. Los resultados revelan diferencias significativas entre los estudiantes de los diferentes centros educativos en los que se llevó a cabo el estudio, situados tanto en entornos rurales como urbanos. El instrumento, basado en el modelo DIGCOMP, evaluó las cinco áreas competenciales que comprenden el dominio digital: información, comunicación, creación de contenido, seguridad y resolución de problemas (Casillas-Martín, Cabezas-González & García-Valcárcel, 2020).

Los datos obtenidos han puesto de manifiesto que los niños y niñas que finalizan la etapa de Primaria tienen un nivel medio-bajo en conocimientos y capacidades digitales, si bien bastante alto en actitudes.


Llama la atención que el uso de los dispositivos no mejora las competencias digitales (no se ha encontrado una relación significativa entre uso y competencia), observándose una utilización frecuente en el 60% de los casos (muchos de los cuales son niños de hogares con ingresos de más de 1.100 euros (Instituto Nacional de Estadística, 2018).

El uso de los dispositivos se dirige, sobre todo, a comunicarse con sus iguales, chateando online con amigos y compartiendo vídeos y fotos a través de las redes sociales.

Uno de los principales problemas que se detectan tienen que ver con la falta de seguridad, de modo que los jóvenes no son conscientes de que la información publicada en Internet deja de estar bajo su control, no saben qué tipo de publicaciones ponen en peligro su privacidad, etc. Por lo tanto, algunas conductas seguras deben ser reforzadas por los educadores.

Como ya sabemos, el uso de las tecnologías digitales para la comunicación resulta altamente motivador para los menores, más en tiempos de pandemia en los que las relaciones interpersonales presenciales se han visto reducidas; sin embargo, un uso inadecuado de estas herramientas puede resultar no sólo insatisfactorio sino incluso perjudicial para los niños y niñas.

En este contexto, se precisa realizar acciones formativas y de sensibilización orientadas a fomentar la alfabetización digital y la seguridad en Internet en todas las escuelas; todos los niños y niñas deben tener derecho a una educación que abarque la complejidad del mundo digital.

La pandemia de COVID-19 logró frenar en seco las rutinas de gran parte del mundo y poner de manifiesto las deficiencias estructurales que ya existían en todos los ámbitos incluido el educativo. Es necesario detenerse y aprender de esto, para diseñar con seriedad y serenidad una política educativa de inmersión tecnológica, de formación del profesorado y del alumnado que permita estar preparados para el futuro.

Tal vez este sea un momento para imaginar, entre todos y todas, otro modelo de escuela.

Referencias:

Casillas-Martín, S., Cabezas-González, M., & García-Valcárcel, A. (2020). Análisis psicométrico de una prueba para evaluar la competencia digital de estudiantes de Educación Obligatoria. RELIEVE, 26(2), art. 2. http://doi.org/10.7203/relieve.26.2.17611

Gewerc. A.  y Martínez-Piñeiro, E. (coords.) (2019). Competencia digital y preadolescencia. Los desafíos de la e-inclusión. Barcelona: Síntesis.

Instituto Nacional de Estadística (2018).  https://tinyurl.com/y8hw5d9x 

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