El Proyecto aConvive: Alfabetización Digital Crítica y Convivencia Escolar, dos aprendizajes inseparables

Imaginemos un instituto de Educación Secundaria: todo tipo de chistes, memes y comentarios elaborados a partir de videos, fotografías y audios circulan exponiendo públicamente a profesorado y al propio alumnado. Esto ya no va de Instagram y Tiktok. Las múltiples plataformas de IA hacen las delicias en la generación de contenidos que socavan una convivencia respetuosa entre iguales. Los daños colaterales son parte del día a día sin saber muchas veces muy bien quién empezó la cadena. Cuando saltan las alarmas se activa el protocolo de turno en un afán de poner orden cuando la situación es imposible. Las instituciones, claramente rebasadas por el currículo, la planificación y la burocracia, ya no se preguntan qué hacer para evitarlo: la cuestión es cómo salir adelante cuando todo explota. Se programan charlas y sesiones de sensibilización que actúan como parches, pero que no implican un trabajo transversal e integrado en las materias sobre los mecanismos que hacen posible que se propaguen este tipo de contenidos en los dispositivos pasando de lo virtual a lo real en forma de problemas de relación entre iguales. Y los adultos, añorando tiempos pasados, se ven imposibilitados ante la complejidad de un efecto tan corrosivo en las relaciones entre iguales.

Esta escena, reproducida con variaciones en miles de centros escolares, es el punto de partida del proyecto aConvive (Alfabetización Digital Crítica para la Convivencia Escolar http://stellae.usc.es/aconvive/). Su hipótesis de fondo es sencilla, pero a la vez poderosa: los problemas de convivencia escolar en relación al uso de las tecnologías digitales no se resolverán mientras la escuela siga tratando la Competencia Digital como un conjunto de habilidades técnicas e instrumentales separadas de la vida social del alumnado.

En los últimos años hemos asistido a un continuo de soluciones aparentemente definitivas por parte de las administraciones educativas a los retos digitales. Todo aderezado de marcos de aprendizaje competencial y desarrollo profesional que raras veces promueven una reflexión profunda acerca del papel social de estas herramientas y plataformas. Tampoco se ha valorado desde un enfoque sistémico su proyección en ámbitos de relación y convivencia y cómo afectan al desarrollo cívico y democrático de la sociedad.

Al mismo tiempo, y como consecuencia de la compartimentación del conocimiento en el espacio académico, el desarrollo de la convivencia se ha trabajado de forma paralela y casi siempre descontextualizada. El resultado es una especie de doble ceguera institucional: los planes digitales ignoran la convivencia, y los planes de convivencia ignoran la dimensión digital de los conflictos.
La investigación del equipo coordinado por Fernando Fraga Varela y Esther Martínez Piñeiro en la USC propone estudiar esta distancia como un eje con clara proyección en el día a día del alumnado. Los centros responden al ciberacoso, al sexting o al uso problemático de internet con intervenciones reactivas y correctivas, aplicadas sobre estudiantes concretos después de que el daño ya está hecho. El modelo proactivo, preparando al alumnado para reconocer las lógicas de poder que operan en las plataformas antes de verse atrapado en ellas, no suele estar presente. Y esto en parte se debe a que la digitalización de la educación no es neutral. Responde a intereses de grandes corporaciones que buscan convertir las escuelas en mercados cautivos y en minas de datos para el capitalismo de vigilancia.
La Competencia Digital, tal y como aparece en la mayoría de los desarrollos curriculares, tiende hacia lo instrumental: aprender a usar un procesador de textos, saber buscar en internet, manejar una hoja de cálculo. Es una alfabetización de consumidores, no de ciudadanos. aConvive parte de un posicionamiento teórico diferente, el de la Alfabetización Digital Crítica (ADC), cuya pregunta no es solo cómo usar los medios de forma efectiva, sino cómo los medios cambian las condiciones de nuestra existencia.

Desde esta perspectiva, aprender a convivir en el siglo XXI implica necesariamente descubrir los mecanismos latentes de poder a través, por ejemplo, del procesamiento masivo de los datos generados por los usuarios, su integración y explotación en formas personalizadas de algoritmos de recomendación que moldean qué ve cada usuario. Se evita la comprensión de nuevas formas de consenso fabricadas a través de la desinformación, pero también se diluye toda posibilidad de reconocer las estructuras de poder económico y político que subyacen a las plataformas que el alumnado usa a diario. No como asignatura separada, sino como dimensión transversal de la experiencia escolar.

El proyecto va mucho más allá de una respuesta en forma de prohibición de pantallas, pero también de la celebración acrítica de la tecnología. Es una propuesta de salida de esa dicotomía estéril. Enseñar al alumnado a habitar con sentido crítico el ecosistema digital en el que ya vive es mucho más ambicioso y necesario que decidir si el móvil entra o no al aula. Sin por ello evitar el debate sobre la pertinencia del dispositivo o las aplicaciones que lo habitan, así como su regulación.

aConvive reconoce a la institución escolar como la mejor posicionada para preparar a las nuevas generaciones para poder formar en un debate de cómo opera el poder de las plataformas digitales y poder hacerlo con autonomía y sentido crítico. Comprender la realidad abre la puerta a que los Planes de Convivencia y los Planes Digitales dejen de ser documentos separados que se redactan en paralelo para cumplir un requisito burocrático, y pasen a ser expresiones de un mismo Proyecto Educativo que asuma el reto de un mundo posdigital donde las fronteras entre lo presencial y lo virtual no existen para el alumnado.

Las respuestas tendrán que construirse desde la investigación rigurosa, el trabajo conjunto con los centros y la voluntad de cuestionar los supuestos que hasta ahora han impedido que la competencia digital y la convivencia escolar se vean como lo que son: dos caras de la misma moneda.

Autoría:

Fernando Fraga Varela
Elena Fernández Rey
Grupo de Investigación Stellae
Universidade de Santiago de Compostela

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